“Pañuelo Rojo”; de la hazaña al olvido

La exploración parecía una locura desafiante; franceses, españoles y norteamericanos bien equipados perecieron durante la travesía, se perdieron en las paredes profundas del Cañón del Sumidero o fueron devorados por los animales carnívoros de la región sin que nadie tenga cuenta de ellos. Tiempo después, un grupo de chiapanecos, entre ellos un zacatecano, emprendió el viaje con balsas y herramientas rudimentarias a pesar de que las vehementes aguas del río Grijalva eran capaces de “tragar” a cualquiera.

Había que atravesar el único rincón de Chiapas desconocido por el ser humano; un cañón natural de 25 kilómetros de longitud parecido a una herida sobre la tierra con filosos peñascos de hasta mil 300 metros de altura, equivalente a casi tres veces el tamaño del Empire State, uno de los edificios más altos del mundo.

Al noveno día, el grupo “Pañuelo Rojo” logró la hazaña a pesar de que sus filas estaban conformadas por un periodista, dos empleados públicos, dos profesores de primaria, un vendedor de seguros, un embotellador de refrescos y un mecánico automotriz, ninguno con experiencia en alpinismo.

Emprendieron el viaje a bordo de un par de balsas inflables, una de hule para dos personas y otra improvisada con la cámara de un neumático de tractor, a través de las que cruzarían las vehementes aguas del río Grijalva, el segundo más caudalosos del Sureste mexicano.

Según se aprecia en la fotografía enmarcada que hay en la sala de don Martín Pérez Chamé, los miembros más altos de la expedición medían un metro con 70 centímetros de estatura y los más pequeños apenas alcanzaban el 1.60.

En la imagen, el grupo porta una gorra estilo militar encima de un pañuelo que cubre sus orejas y el cuello; están vestidos con un uniforme color rojo cadmio oscuro y la camisa que apenas se distingue en la fotografía es similar a las usadas por Harrison Ford en las películas de Indiana Jones.

En la foto, detrás del grupo se ve el inicio de la travesía, la gran abertura del Cañón del Sumidero que tiempo atrás había devorado a un grupo de franceses preparados, “vomitado” a una tropa profesional del Heroico Colegio Militar y desaparecido por completo a Francisco Fernández Alberdi, un español perfectamente equipado.

El coloso amedrentó también a la “Mujer de Los Ríos”, una famosa expedicionaria estadounidense que se ganó el seudónimo por conquistar tiempo atrás gran parte del Amazonas.

Pese a las adversidades, el “Pañuelo Rojo” lograría lo impensable, una conquista que después de 56 años ni siquiera figura en la última página de los libros de texto sobre la historia en Chiapas.

LA LEYENDA

Don Martín mide 1.60 de estatura pero su caminar encorvado lo hace ver más pequeño, tiene un hablar peculiar pues pronuncia la “s” con un breve chiflido. En la otrora travesía, él era el tercer jefe de grupo y junto con Nabor Vázquez Juárez y Ramón Alvarado Zapata, son los únicos que viven para contar la historia.

En la sala del explorador es inevitable llevar la vista a la pared repleta de imágenes y de varios reconocimientos. Hay una serie de fotografías a blanco y negro, en donde el entonces gobernador del estado de Chiapas, Samuel León Brindis condecora al Pañuelo Rojo por la hazaña y otras del momento en que escalaban por gigantescas rocas.

Sin embargo, hay algo más significativo entre todos; un sencillo diploma con una leyenda que cobró vida.

Don Martín, me la lee en voz alta.

“Un príncipe chiapaneca antes de arrojarse a las profundidades del Sumidero les hizo saber a sus guerreros que al ofrendar su vida a los dioses, quedaba cerrado el paso por el Cañón a hombres blancos que vinieran de tierras lejanas en búsqueda de riquezas, solamente a nuestros hijos se les abrirán las puertas del Cañón del Sumidero para que penetren y sean los únicos en conocer la tumba de mi raza”.

Como sentencia profética, eso sucedió.

En la mesa de centro, don Martín dispuso los elementos para la entrevista, a lado de un diminuto cocodrilo de madera colocó periódicos locales, recuerdos y fotocopias del único libro que habla con detalle sobre la hazaña, “La conquista del Cañón del Sumidero”, escrito por Maximiano Hernández Castillejos, el segundo jefe de grupo de la expedición.

Tres de esos ejemplares originales se conservan aún entre los estantes de la Colección Chiapas en la biblioteca “Jaime Sabines” de Tuxtla Gutiérrez, la capital de estado, no obstante, pocas veces son siquiera hojeados.

Don Martín se coloca frente a mí y pregunta.

— ¿Qué quieres saber, muchacho?

— Todo

— ¿Todo?

— Sí, todo.

 Suelta una sonrisa discreta y me acerca su silla. Camina arrastrando los pies, pasa frente al altar de su sala, se persigna y hace una reverencia; enseguida, coloca otro asiento de madera cerca del mío e inicia la charla.

 — ¿Traes bastante cinta? porque de una vez te digo que vamos a tardar.

Asentí.

 DESCONOCIDOS

Días antes de la entrevista con don Martín, había platicado con Nabor Vázquez Juárez, otro de los exploradores del Pañuelo Rojo.

Es un hombre sencillo, vestía con una camisa blanca y un pantalón de tela arremangado hasta la espinilla, es padre de familia y actualmente conductor de camiones de carga. Vive en un callejón empedrado de la colonia Plan de Ayala, uno de los asentamientos más alejados del centro de la capital.

Don Nabor me contó que la gente no cree que él fue parte de la hazaña, refieren entonces: “¿Cómo un ‘Pañuelo Rojo’ va ser chofer de camiones? no, ellos han de tener mucho dinero”.

Sonrió enseguida pero el gesto se escondió debajo de su bigote encanecido; bajó la vista unos segundos y meneó la cabeza un par de veces.

 — Entonces, ¿qué fue del Pañuelo Rojo después de la conquista?

—Olvido.

— ¿Tanto así?

—Sí, la emoción de la conquista duró dos meses y todos regresamos a nuestros trabajos habituales. Poco a poco mis compañeros se fueron muriendo y ahora sólo quedamos, Martín, Ramón y yo, aunque de Ramón casi no tenemos noticias.

La plática que duró más de dos horas fue una conversación/evocación, pues don Nabor parecía verse inmerso en cada relato, la mesa se convertía en cocodrilos y balsas; y su casa en puentes y rocas.

Conversaba con ademanes fluidos y utilizaba las manos para demostrar las distancias, en la mano derecha tiene el dedo anular amputado pues lo perdió de pequeño mientras intentaba maniatar a unas vacas en una ranchería de Tapilula, Chiapas.

En el año de la conquista, él tenía 17 años; era bajito y delgado como la mayoría de sus compañeros y de complexión nada atlética.

 PREPARATIVOS

Aún no iniciaban la travesía y el viento estaba en contra, pues además de tener pocos recursos nadie creían en ellos, decían que estaban locos o que eran unos “muchachitos inexpertos”. Decidieron entonces acercarse al general Francisco J. Grajales, quien tiempo atrás fracasó en la conquista, pero les negó la ayuda. “Por favor, muchachos no se vayan a meter porque van a morir” aconsejó con desprecio.

Entre todos adquirieron un rollo de película de 8 milímetros en blanco y negro, se metieron al Cañón para fotografiar las primeras zonas no conocidas, regresaron a la ciudad y expusieron las imágenes al gobernador del estado; a pesar de no poseer colores vivos, el paisaje era cautivador. Después de creer que el grupo no era apto, el dirigente les apoyó con 5 mil pesos en efectivo.

La misma sensación causó en la Cámara Junior A.C. y en otros mandos militares que se ofrecieron a vigilar la expedición con dos pelotones de la compañía de Transmisiones pertenecientes al 46 Batallón de infantería.

El grupo conformado por 22 elementos se preparó con un arduo entrenamiento, 14 desertaron y siete meses después los ocho restantes decidieron confrontar la historia.

 SÓLO DIOS

La entrada del Cañón parece una lengua de agua partiendo una montaña por la mitad, la vorágine provoca que al golpear contra las piedras, el río se convierta en espuma y el ruido retumbe entre los acantilados; un desfiladero colosal que desde abajo figura alcanzar el cielo.

Llegó el día anhelado y a las 5:00 de la mañana del 31 de marzo de 1960, el “Pañuelo Rojo” recibió la bendición del sacerdote de la parroquia de Guadalupe. Se dirigieron después hasta un embarcadero a orillas del río Grijalva, los ocho se formaron en fila y Jorge Narváez Domínguez, el primer jefe de grupo refirió:

 —Si alguno de ustedes tiene miedo a la muerte que abandone el equipo.

Todos callaron.

De fondo, sólo se escuchaba el eco de los raudales golpeteándose contra las rocas.

Salvador Hernández Castillejos rompió el silencio y con seguridad respondió:

—¡Vámonos, estamos dispuestos a morir y que Dios nos acompañe! ¿Verdad compañeros?

Los demás afirmaron con un grito.

Eran las 9:00 de la mañana, el grupo abordó una frágil canoa que los llevaría río abajo hasta el paraje “La Ceiba”, los acompañaban Ricardo Palacios y Romeo Pascacio, locutores de la radiofusora XEON.

El avance era lento; horas después, tenían enfrente una playa arenosa adjunta a un espacio rocoso; el sol caía sobre sus espaldas a una temperatura 39° centígrados y el peso de sus mochilas hacía que el sudor brotara de inmediato. Eran los primeros obstáculos de la naturaleza y apenas era el principio.

En poco tiempo comenzarían las corrientes peligrosas y por eso despidieron a los comunicadores.

Era mediodía, el grupo llegó al campamento “Las Guayabas”, nombrado así debido a la abundancia de árboles de ese fruto. Después, arribaron al lugar que bautizaron como “El Rodeadero”, en el que caminaron por un sendero angosto y empinado al pie del acantilado, el caudaloso río Grijalva producía un ruido tan estruendoso que los expedicionarios tenían que gritar para comunicarse.

Conforme se adentraron, el sonido del agua disminuyó y fue usurpado por el unísono chillido de una manada de monos araña que desde la copa de los árboles lanzaba hojas y ramas secas contra los hombres, era la primera vez que veían al ser humano.

Estaban a la altura de las montañas en donde a las 13:30 horas del 25 de agosto de 1959, habían bautizado al grupo como Pañuelo Rojo.

Dieron con el nombre por coincidencia, cuando Jorge Narváez y Maximiano Hernández Castillejo sacaron del bolsillo un pañuelo para limpiarse el sudor de la frente. Uno de ellos exclamó: “La causalidad ha puesto nombre el grupo, desde hoy se llamará Grupo Explorador ‘Pañuelo Rojo’” e izaron las prendas en un árbol seco.

Los expedicionarios llegaron a una zona donde debido a la forma del cañón los rayos del sol se filtraran únicamente por 10 minutos al mediodía. Era una luz crepuscular que iba en degradado de matices rojizos hasta terminar en naranja encendido. Decidieron bautizar el lugar como El Heroico Colegio Militar.

Más adelante se encontraron con una formación rocosa parecida a una metrópolis en miniatura perfectamente trazada con calles, avenidas, rascacielos y puentes, creados quizá por la humedad proveniente de la cascada anexa.

En la margen izquierda, cerca del Mirador La Carbonera, se toparon a lo alto del risco con un par de rocas similares a dos gigantescos campanarios con una cúpula en medio; debajo, en la playa, una cueva de grandes dimensiones parecida a un templo y metros después la formación de rocas y musgo bautizada por ellos como “El Árbol de Navidad” por su similitud a uno verdadero.

Era la arquitectura milenaria de la naturaleza; el autor intelectual dijeron “Sólo Dios”, tal como nombraron al sitio grabando sobre una roca las letras.

Eran lugares paradisiacos que en la actualidad están 200 metros bajo del agua.

 EL BOMBARDERO

El grupo iba a mitad de camino y el alimento había terminado, incluso las provisiones enterradas a orilla del río días antes de emprender la conquista. No tenían radiotransmisores para comunicarse pero habían pactado con el batallón militar un código de señales elaborados con la ropa del grupo. “Más cable” un número ocho, “Acampar” una circunferencia, una flecha indicaría “seguir la ruta” y una cruz “Hombre muerto”. Esta última nunca fue empleada.

A las 8: 55 horas de ese 5 de abril una avioneta dejó caer provisiones en paracaídas pero la fuerza del viento llevó el paquete casi a la entrada de la expedición; tendrían que regresar sobre sus pasos para ir por ésta, así que no lo hicieron.

Estaban hambrientos; resignados, se dirigieron hacía las balsas y de pronto escucharon el ruido de un motor que surcaba los cielos, otra avioneta se avistaba, esta vez el piloto —confirmarían más tarde— se trataba de Elías Jatcher, un bombardero de la Segunda Guerra Mundial radicado en Chiapas, quien había escuchado hablar de grupo en un noticiario local a través del radio.

El piloto maniobró a escasos 40 metros de la superficie, voló de picada las cuatro veces que los abasteció de alimentos y en la última, las llantas de la avioneta rozaron la copa de un frondoso árbol.

Los dos Pañuelos Rojos me contaron que en los últimos días de la expedición, un cocodrilo apareció frente a sus balsas, medía más de dos metros y tenía sus fauces abiertas, si el reptil decidía atacar podría acabar con toda la tripulación.

Eneas Cano Zebadúa sacó una pistola calibre .22 que había guardado al interior de su mochila, asestó tres disparos al agua y ahuyentó al animal. Estaban cerca del campamento que bautizaron con el mote del grupo. Al llegar, cada uno escribió su nombre.

Los Pañuelos Rojos

Jorge Narváez Domínguez.

Maximiano Hernández Castillejos.

Martín Pérez Chamé.

Eneas Cano Zebadúa.

Salvador Hernández Castillejos.

Rodulfo Castillejos Sánchez.

Navor Vázquez Juárez.

Ramón Alvarado Zapata.

Terminaron la travesía el ocho de abril de ese año, los expedicionarios aparecieron sobre el remanso del río Grijalva cerca del solitario pueblo de Chicoasén, el cual había cambiado el páramo por la algarabía. El lugar estaba abarrotado, la turba lanzaba pétalos de flores, cohetes y ambientaba la escena con música de banda. Todos querían abrazar al grupo.

El gobernador del Estado se dirigió hacia ellos, se arremangó el pantalón de vestir y caminó descalzo hasta donde las balsas se habían instalado. Don Martín alcanzó a ver que una lágrima rodó en la mejilla del gobernante chiapaneco y de inmediato, éste abrazó a todos. La imagen quedó grabada en una fotografía a blanco y negro.

El festejo duró algunos meses pero la historia les jugó una mala pasada. 51 años después, cinco murieron sin ver su hazaña grabada en los libros de Chiapas, dos han perdido la esperanza de la inclusión en los textos y del zacatecano poco se sabe. La cronología de la historia chiapaneca dio un gran salto y omisión, registra hechos históricos en 1942 y en 1962.

En 1960 según esa línea del tiempo nada se hizo en Chiapas.

Días después de la entrevista fui al mismo sitio en que se tomó la fotografía que don Martín me mostró en su sala y la imagen era distinta, el embarcadero está lleno de lanchas, el nivel de agua está mucho más arriba y a cada 10 minutos una lancha surca la superficie del río.

—Y quién conquistó el cañón— le pregunté a un lanchero.

—Quién sabe mi amigo, creo que fueron unos gringos. (Agencia Vórtice MX)

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One thought on ““Pañuelo Rojo”; de la hazaña al olvido

  1. la mayoria de los integrantes del grupo explorador pañuelo rojo son originarios de tuxtla y del barrio de San Jacinto, Max y Salavador Eran hermanos y Rodulfo sobrino de ellos…..que en paz descansen

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