Panes & Peces

Panes & Peces

“El terror, sin virtud, es desastroso. La virtud, sin terror, es impotente”

(De la serie: definiciones de terror)

Maximilien François Marie Isidore de Robespierre nació en la ciudad francesa de Arrás un 6 de mayo de 1758. Era mejor conocido como Maximilien Robespierre, el incorruptible, o simplemente como Robespierre. Fue un connotado líder político que decidió romper con la tradición absolutista y monárquica con un instrumento muy a modo cuando de “cortar por lo sano” se trata: La Guillotina.

Éste instrumento fue la máquina utilizada para aplicar también la pena capital por decapitación en otros países europeos (Reino Unido, Bélgica, Suecia, Italia, la antigua República Federal de Alemania y en la antigua República Democrática de Alemania). Aunque esté asociada con la Revolución francesa de 1789, periodo en el cual se decapitó aproximadamente a quince mil personas (cabezas más… cabezas menos), se utilizaba en otros países europeos desde el siglo XIII.

¿Las razones para morir decapitado? Muchas. Y no se crea que los ejecutados eran todos de la realeza, hubo también campesinos, burgueses, clase media y distraídos que de seguro gritaban porras o vivas en el lugar y la hora menos indicada, sumando su cabeza al cesto que se llenaba con relativa frecuencia. Robespierre llamó a ese periodo El Terror, y vaya que aterró. Tanto así que el mismísimo incorruptible, Monsieur Robespierre fue ejecutado en ella, acompañado de sus más cercanos colaboradores.

Gran invento la Guillotina, que luego me animó a escribir la siguiente historia, titulada: “Siete cabezas”.

La primera vez que María Antonia Josefa Juana de Hasburgo perdió la cabeza fue a los siete años, cuando su madre insistió en prepararla para que fuera una mujer, si no de gran cultura, al menos aseada, con carnes firmes y un régimen estricto de vida. Ella, hija de Emperador y Archiduquesa, estaba segura que el destino le tenía una mejor suerte, más allá de ser una mujer atlética, oler bien y ser metódica hasta en el respiro.

La segunda ocasión fue cuando se enteró de su inminente boda con un francés de nombre Luis, a quien su madre entregó con la esperanza de un nuevo horizonte para su linaje. Pero ella, de buena fuente, sabía que su futuro marido era ilustrado en artes y ciencias aunque ignorante en política.

La tercera vez sucedió cuando Luis XVI aprobó reformas liberales que provocaron la ira de la aristocracia francesa, que luego provocó la ira del parlamento francés, que luego provocó la ira del pueblo francés, que luego provocó el inicio de la Revolución Francesa.

La cuarta ocurrió huyendo de París, cuando luego de garrafales fallas en el plan de escape –trazado por Luis–, fueron capturados en las afueras de la ciudad.

La quinta y sexta vez correspondieron a un mero rumor, sobre su secreto amorío con el conde de Artois, hermano de su esposo; o bien del que sostuvo con la hermosa princesa de Lamballe, dos debilidades en quienes –rumores más, rumores menos– gastó dinero público a manos llenas.

La séptima ocasión sucedió cuando su hijo, en pleno juicio ante el tribunal revolucionario, sostuvo que ella y alguno de sus amantes lo incitaron a la “masturbación potente”, y demás bajezas que laceraron el corazón de la Reina.

 No hubo una octava, porque en ese mismo juicio la encontraron culpable de alta traición y la condenaron a la pena capital: muerte por guillotina; el mismo artefacto que su marido aprobara tiempo atrás y que luego probara, al igual que su amada María Antonieta. (Antonio López)

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