Panes & Peces

Que no se culpe a nadie de mi melancolía

Comienza junio y yo, animal de costumbres, me doy el tiempo para una nueva enfermedad. Pero ésta no pertenece al menú de padecimientos que han cultivado las farmacéuticas transnacionales en los últimos años. No se piense en X o Z virus, germen, espora, cultivo, molécula o bacteria nano molecular. Es algo que está más allá, en el terreno de las sombras más íntimas.

Sucedió en San Cristóbal. Patito, quien es un pedacito de mi corazón, me dijo el sábado treinta de mayo, luego de hacer el diagnóstico de éste “puerco” que uso por carrocería, que estaba recuperándome de mis dolencias físicas de manera natural (que gozo de una defensa envidiable, merecedora de cualquier selección de fútbol), pero que tenía una dolencia emocional digna de voltear a ver. Mientras asimilaba las buenas y las malas pregunté, a vuelo de pájaro, cual era esa dolencia. Mi cachito de corazón, serena, me contestó: Melancolía.

Según los datos estadísticos guardados en mi corazón, arrojan una importante cantidad de recuerdos, momentos de alegría, de juegos, de felicidades pequeñas pero mías, y pocas escenas tristes. Esto imagino gracias al esfuerzo de mi madre por apartarme de ellas, o por dejarme en la libertad de jugar, por alentarme el sano ejercicio de elegir el rumbo de mis tristezas. La premisa que recuerdo hasta hoy día es “Hijo, haz siempre lo que a ti te guste”. Crecí, y los rumbos me fueron llevando de acá para allá, a veces alegre, a veces triste, pero siempre andando, nunca estancado.

Volviendo al diagnóstico de mi cachito de corazón, hice el recuento de los últimos rumbos caminados en mi vida, y creo que tiene razón. Alguien escribió que la melancolía es la felicidad de estar triste, y es una verdad irrefutable, porque si no fuera así no existiría el Rock. En concreto: Estoy triste pero estoy feliz. Parece una pendejada, pero juro desde mi dios interior (el Mago de Riga) que esto que digo es cierto. Si me apuran sería un nuevo dicho para sumarlo a la infinidad de locuciones chiapanecas, como el clásico: “Calma, Coita, que vamos ganando”… “Todo te puede” o su variante “Eso es lo que me puede”… “Qué pensás que estoy pensando” o bien ésta sentencia, que se acerca a lo que intento contarles “¡Um vos, solo encabronado estás contento!”. Si hubiera que escribir esta novedad, sería algo así: “¡Um vos, solo triste estás contento!”.

Joaquín Vázquez Aguilar escribió: “Uno se afecta de seres vivos”. Este fin de semana corro a afectarme de seres vivos, mis amigos. Porque solo con ellos puedo sobrellevar la Melancolía. Luego regresaré al rumbo de mis tristezas, tratando de vivir ésta vida que me fue dada, de la mejor manera posible. Haré lo que me gusta pero no para combatir a la melancolía (ni a nadie ni a nada), que tantas felicidades me ha dado, sino para acompañar el orden del cosmos, el equilibrio de los planetas. En suma: Vivir.

Me preparo para lo porvenir, cuando tenga que viajar al mar del universo, y cuando pienso en esa aventura registro los nervios del viajero, la incertidumbre que imagino sintieron aquellos quienes, un día cualquiera, se batieron en duras reyertas con el  mar, confiados en el distante brillo de las estrellas, soles lejanos iguales a faros, esperanzas incandescentes que los llevaron hasta nuevas tierras, nuevos mundos diminutos, la recompensa por seguir el rumbo de sus tristezas, lo que después los hizo felices (antes que tiranos, lobos del hombre, dueños de nada).

Acepto estar enfermo de Melancolía, de cabo a rabo, y me siento feliz por estarlo. Que se chingue Freud, tengo la oportunidad de hacer una parada en este viaje para inventariar (sucintamente) cuarenta años de dar vueltas sobre esta descomunal roca llamada Tierra. Por lo pronto (y de manera preliminar) les confieso que he vivido y que no he dejado verbo sin conjugar… Que no se culpe a nadie de mi melancolía. (Antonio López)

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