Panes & Peces

¡Qué sí, qué no, el chafirete!

Cuando tengo la oportunidad ejercito una dinámica que título: Pretextos versus Argumentos. En ella trato de que quienes participan “descubran” o “acepten” que no realizan alguna actividad, por una o varias razones que ocultan atrás de algún pretexto. ¿Ejemplos? Pues los míos (albures aparte). En una entrada anterior hablaba de la gasolina, ese líquido que ha envenenado no solo el aire sino la cabeza de cualquier ciudadano que tiene un vehículo automotor, impulsado con tan desagradable producto. He dicho a mis afectos poseedores de un vehículo, que si de verdad detestan el alza impune en el precio de la gasolina, ya no la compren. Más de uno me lanza miradas que interpreto como: “pobre tontejo…” “Inche gordo barbón, si será pentonto…” “Es fácil decirlo porque no tienes un carro…” “Inche pobre…”.

Bueno, eso es lo que me dice el lenguaje facial de cada uno de ellos, aunque tengo otros afectos más “claridosos”, que no tienen empacho alguno en decirme lo que piensan, cuando opino sobre éste tema. No creo necesario repetir las palabras que me dedican… por cuestiones de espacio, claro está, no porque me afecte o me haga sentir mal (¿acaso esto es un pretexto?).

― ¿Por qué no te compras un carro, Morucho?―, me dijo una compañera del trabajo al verme llegar bañado en sudor, con la lengua de fuera igual a la direccional de un coche, anunciando la vuelta a quién sabe dónde. ― ¡Es bien fácil! Te piden lo mínimo, pagas de a poquito, y en menos de lo que canta un gallo ¡zaz!, tienes tu auto nue-ve-ci-to―, remató. Por supuesto que me llené de pretextos: “No sé manejar…” “Me da nervios el tráfico…” “Soy débil visual…” “Me caga el olor de la gasolina…” “Ya no los hacen como antes…” Pero… ¿cuál es la verdadera causa del porqué no tengo coche? Y entonces la respuesta llegó como (imagino) llegan las epifanías: epifánicas. ¡Porque no lo necesito!

 En la actualidad, con tres tapas de agua embotellada y un enganche mínimo, puedes ensartarte con el vehículo (nuevo o semi nuevo) de tus sueños. Claro, también adquieres varias angustias y satisfacciones propias del nuevo conductor y dueño, aspectos que no vienen escritos en el manual del usuario.  

 En mi epifánico caso he sido afortunado usando el transporte colectivo. Ahí suceden cosas extraordinarias, casi fantásticas. El transporte colectivo es un microcosmos comunitario pero individual. Espacio para templar el carácter de cualquiera sin distinción alguna. Lugar para la reflexión, el arrepentimiento, la mezquindad, la esperanza, los milagros o las desgracias más desgraciadas. En el transporte colectivo los egos se diluyen al primer cambio de velocidad, en el retumbe de las bocinas y en el sudor del vecino.

 Y digo que no lo necesito porque cuando el transporte colectivo escasea, siempre tengo la opción de caminar o de prolongar mi estancia donde me encuentre, o en el mejor de los casos, conseguir un “raid” con algún conocido o desconocido. He tenido compañeros de viaje memorables, de quienes he escrito porque son dignos de prolongar su presencia entre aquellos que leen estas líneas. Juro y perjuro que no son producto de mi imaginación. Cada personaje descrito lo he hallado entre la multitud, y de antemano les agradezco tanta generosidad a la hora de ser ellos mismos.

Mi vecino se queja de que las llantas de su carro están carísimas, de que la tenencia es un robo a mansalva. Las casetas de cobro son un negociazo y de la gasolina mejor ni hablamos. A eso le suma el gasto mensual de lavado y aspirado,  mantenimiento mecánico y eléctrico porque los baches lo han arruinado, y existe además el riesgo de que se lo roben. Por esto último duerme a pedazos, porque apenas oye un ruido, salta de la cama para evitar que se lleven a su “rojito”.

La esposa le armó tremenda bronca porque él, en otro arranque de “dueño de coche del año”, le  volvió a dar de cocotazos a su hija. ¿La causa? Derramar jugo sobre el asiento.  A leguas se ve que ya no disfrutan del auto, y menos ahora que otro flamante dueño le aplastó la parte de atrás. Yo lo escucho, le invito otro café y pienso en los pretextos que usa para no dejar el coche y animarse a subir al transporte colectivo. “Son unos salvajes…” “Nunca tienen espacio suficiente…” “Son peligrosos…” “El servicio es pésimo…” Sí, puede que sean argumentos, pero el transporte colectivo es mucho más alivianado que tener un carro propio, que mantiene a su familia al borde del colapso. ¿Mi familia? Bien, gracias. (Antonio López)

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