Panes & Peces

La Chincu y Yo

(de la serie Sin lugar para los débiles)

“Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo: los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final…”.

Aquiles

Desde hace semanas he visto caer a más de uno (conocidos y desconocidos) bajo el sopor del piquete de los zancudos que inoculan la chikungunya (chincuncuya, para los cuates) a diestra y siniestra. He leído que no se puede hacer mucho por evitar el trastorno físico, una vez infectado. Hay que ir a consulta médica para que le receten el paracetamol de rigor, y le extiendan una incapacidad laboral, que irá de tres a quince días (o hasta más), para que repose y se contorsione a gusto en su camita, al ritmo de los espasmos musculares y del rechinido de las coyunturas.

En años anteriores se notaba más el trabajo de fumigación en las calles tuxtlecas y colonias aledañas, porque no fumigaban una sola vez, sino hasta tres veces, con el afán de eliminar el mosco del dengue, y un carrito con su bocinota encima anunciaban la temporada de mosquitos y cómo prevenir su propagación, eliminando cacharros y demás armatostes que guardaran agua estancada. Este año de 2015, en mi barrio fumigaron una vez (junio), y no volvieron nunca más. Del carrito ni sus luces, mucho menos anuncios en la radio o en los diarios locales.

En casa eliminamos cualquier espacio que encharcara el agua pero, oh desilusión, al salir a la calle descubrimos agua encharcada donde antes era impensable: las calles. Baches del diámetro de una tina para freír chicharrón se encuentran a un metro de distancia (promedio), en el ochenta por ciento de la ciudad y colonias aledañas. Así no se pinches puedes.

El sábado 11 de julio me estrené feliz poseedor de la chikungunya. Comenzó con dolores en los huesos, para el domingo el dolor iba en aumento y por la tarde apareció la primera fiebre. Para el lunes el dolor era considerable y la calentura estaba en su mejor momento. Caminar me resultaba difícil, por el dolor en el arco de los pies. Eran las cinco de la mañana, hora de las grandes decisiones. Ir a trabajar o quedarme postrado, dejando que lo inoculado por La Chincu me derribara por completo. Opté por la primera opción, me metí a bañar y luego de vestirme, me enfilé rumbo al trabajo.

El lunes y el martes fueron de grandes lecciones. Apliqué lo enseñado por el Che Guevara: Vigilancia constante. Movimiento constante. Desconfianza constante. Y no es que despreciara los buenos deseos de mis camaradas de retirarme a casa, acostarme, y abandonarme para que lo inoculado por La Chincu se regodeara en mí, y tratar de combatirla con preparados de miel, limón y bicarbonato, te de hojas de aguacate o de mango, pimienta dulce, canela, agua de coco, y demás bebidas; o recurrir a doctores ansiosos de pacientes kamikazes, para experimentar inyecciones que en un par de días te reponen, sacándote del embrollo de La Chincu.

En mi caso apliqué las tres constantes guevaristas, destacando el movimiento. La mejor fórmula para aliviar lo inoculado por La Chincu es moverse. ¿Qué tiene temperatura? Baños de agua fría, paracetamol y listo, el resto corre por cuenta del dueño del cuerpo. Si usted cae bajo el encantamiento de La Chincu haga (si así lo desea) lo que yo hice. Sea terco, muévase aún cuando las coyunturas quieran lo contrario. Dolerá, es verdad, pero solo un rato, luego se sentirá mejor. Estar activo es la mejor medicina. Vigile su temperatura, y cuando aparezca tome paracetamol. Si tiene oportunidad báñese con agua fría. En las noches, que son las más difíciles, resista. Piense que usted es mucho más grande y fuerte que La Chincu. Hoy miércoles estoy con dolores leves pero el ánimo arriba, recuperado. No bebí nada más que paracetamol, vitamina B12 y voluntad, mucha voluntad. Sigo vigilante, en movimiento y desconfiando… Por mejores regresos… (Antonio López)

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